Mientras el calor va abandonando el país (no volveremos a ver el sol hasta el verano que viene ;)), nos dimos una vuelta por Ieper e hicimos una parada en el castillo de Rumbeke que guarda una historia singular. El castillo no se merece una excursión por sí mismo, pero es la escusa perfecta para sacar la cámara y disfrutar de un avituallamiento en las lejanas tierras del sudoeste belga.
El castillo fue construido en la época del renacimiento y ha sido dañado y renovado en incontables ocasiones. La característica que más me atrajo de este lugar y que hizo que me desviase de mi camino, es que este curioso castillo fue la morada del mismísimo Barón Manfred von Richthofen durante la ocupación alemana en la primera guerra mundial. ¿¿¿Quién??? Efectivamente, el mismísimo Barón Rojo.

El castillo de Rumbeke... ¿le gustaría al Barón rojo por su color?
Volviendo un poco atrás en el tiempo, el Barón Rojo fue/es el piloto más famoso de la historia, era fácilmente reconocible por sus adversarios puesto que volaba en un avión rojo brillante. Derribó nada más y nada menos que 88 aviones británicos del total de 151 que fueron abatidos durante toda la guerra y todos en combates cuerpo a cuerpo (aire-aire). ¿Cuántas personas son capaces de jugarse la vida a cara o cruz y salir victorioso 88 veces seguidas?, efectivamente este tío tenía gato encerrado, unos lo llaman suerte y otros genio. Fue derribado por un británico con una metralleta desde el suelo y enterrado con honores por los aliados que le tenían muchísimo respeto y supongo que no es para menos.
El castillo en sí resulta curioso, está abierto al público aunque nosotros no llegamos a tiempo (ni ganas había tampoco). Nos dimos una vuelta por los bosques que le rodean y dispone de un jardín/bosque adornado con obras de arte moderno de, por cierto, muy muy mal gusto, no había ni un alma por allí y las obras transmitían una sensación tétrica inhumana. Salimos corriendo mientras me intentaba hacer una idea de donde narices aterrizaba el Barón Rojo.
Lo que más me gustó de toda la parada sin excepción alguna y superando incluso la historia de este piloto, fue la sorpresa de la entrada desde el bosque al jardín. Una puerta semiderruida. Si no llega a haber sido de día, creo que me hubiese muerto de terror. Las fotos una vez más no hacen justicia pero el horrible contraste de mis fotos os dará una idea del contraste natural que había entre la oscuridad del bosque sin un solo alma ni ruido y el jardín con el castillo al fondo. Tengo el extraño deseo de volver en una noche con luna llena para sacar fotos de la entrada, con el castillo y las estrellas de fondo usando únicamente la luz de la luna (12 ocasiones al año menos los días nublados). Por desgracia me pilla muy lejos así que a menos que me de un ataque de locura (altamente probable) la foto se quedará en mi imaginación.

Vista del castillo desde el bosque.

Vista desde el otro lado.
Guste o no guste, la visita al castillo desde luego no deja a uno indiferente.








